14/2/11

Rashomon

Cine Nostalgia: Las cuatro verdades

Rashomon (1950) es, como casi todas las película de Akira Kurosawa, una tragedia de tonos épicos filmada con una intensa carga visual y expresiva. Estos elementos, que fueron potenciados por el director japonés a partir de Ran con el estridente y agresivo uso del color, que aquí está ausente, tienen en Rashomon una fuerte carga expresionista que el blanco y negro subraya de forma contundente.

Lo que Rashomon nos cuenta a modo de parábola es el difícil y traumático tránsito de la sociedad feudal japonesa del siglo XII, a los nuevos tiempos en los que algunos de los valores que la conforman (en este caso el honor, tan caro a la cultura nipona) cambian de signo y de significado. Los diferentes estamentos sociales de la época se resisten a reconocer esos cambios y se aferran a los valores tradicionales idealizando, o tergiversando la verdad a conveniencia de sus propios intereses “morales”.

El argumento de Rashomon es el siguiente. En el transcurso de una intensa tormenta (símbolo de los radicales cambios que agitan al Japón feudal de la época), un grupo de personajes se resguardan del temporal debajo de los pórticos del gran templo de Rashomon. Mientras esperan a que amaine el fortísimo aguacero alguien saca a relucir unos dramáticos hechos acaecidos en el bosque de las inmediaciones.

Todos conocen esos hechos, pero cada uno ha oído una versión diferente de los mismos. Esa versión está condicionada por las características del personaje que la cuenta, , pero sobre todo, por las diferentes extracciones sociales a las que pertenece cada uno, en las que el concepto del honor se refleja con distintos matices. Las cuatro narraciones de los reunidos cobran vida en la pantalla y el espectador asiste a cuatro versiones distintas de un mismo suceso.

Ante un invisible jurado, que se sitúa en el ojo de la cámara (el espectador es el jurado), los tres personajes implicados en la tragedia que ha suscitado el debate, mas un testigo accidental que según cuenta, lo vio todo (casualmente presente en la reunión de los que se resguardan de la tormenta), rinden cuentas ante la Justicia e intenta defenderse aportando cada uno su versión de lo que ocurrió. Uno de los personajes, el que ha perdido la vida, lo hace manifestándose a través de una médium.

Todos difieren de lo ocurrido y se contradicen. Según vamos viendo lo que cada uno cuenta, vamos sacando conclusiones. Sin duda, todos mienten en un intento de salvar antes el honor que la propia vida. Ante este paisaje “moral” pensamos que nunca se sabrá la verdad de lo que pudo pasar. Cuatro versiones en las que lo único que cuenta es salvar la honra de cada uno.

Cuatro verdades que nos parecen cuatro mentiras. Pero hay una quinta posibilidad de acercarse a esa verdad que ninguno parece dispuesto a que se sepa: la verdad que nosotros mismos concluyamos, como consecuencia de lo que cada uno ha contado y se nos ha mostrado en imágenes…

Cada personaje involucrado, intenta salvar su honor en la versión que da de los hechos. El particular concepto del honor de una cultura que lo antepone sus propios intereses morales a la verdad . Si para salvarlo el honor, lo que cuenten los llevan a la muerte, no importa.

Rashomon es una película cuya concepción resulta en sí misma apasionante, la puesta en escena subyuga tanto como la maestría con que se manejan los elementos en juego: el paisaje, los tiempos dramáticos, los silencios, los movimientos de cámara, la música (envolvente, obsesiva, circular, hipnótica… su inspiración es clara: el Bolero de Ravel), el uso del espacio escénico, la magistral dirección de unos actores impresionantes, con un Toshiro Mifune asombroso… todo nos resulta excepcional.

La experiencia de ver una película de la intensidad trágica y emotiva de Rashomon es algo inolvidable en esta película que, casi sesenta años después de su filmación, sigue resultando innovadora. Sus resoluciones estéticas y sus hallazgos narrativos siguen absolutamente vigentes.

En 1964 Martin Ritt rodó un remake trasladando el Japón del siglo XII al Oeste americano. Rashomon se convirtió en una especie de western fantasmal con tintes shakespeareanos en una extrañísima película que se tituló Cuatro confesiones, con Paul Newuman de protagonista

Rashomon obtuvo el Oscar a la mejor película extranjera.

12/2/11

Babel (Pedazo de Cartel XVI)


Cartel Fin de Semana

¿Al cartel de qué película pertenece este "pedazo de cartel"?

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Pista UNO: ¡La que se ha montado!. Esto es como el efecto mariposa ese.

Pista DOS: Qué difícil es entenderse aquí.

Pista TRES: Pues yo no puedo decir ni mu.

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Enhorabuena a: Anro, Jesús del Val, Monique LaMer, David Amorós, Ricard, Cinexim, Kinski, Rick Blaine, Lughnasad, Luis Cifer, Cine Club Hexágono -Nájera, Anelva, Athena, David, Trónak el Kárbaro, Marguis.

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Total puntuaciones:


6 puntos: Cine Club Hexágono Nájera.

5 puntos: Rick Blaine, Jesús del Val.

3 puntos:Cinexim, Kinski, Anelva, Lughnasad,
David, Athena, Trónak el Kárbaro
.
2 puntos: Mr. Lombreeze, Crowley, Ricard, , Pepe Cahiers.

1 Punto: Miquel Zueras, Pepe del Mongó, Jack, Anro, Ohoru, Luis Cifer, Bruno, Monique LaMer, David Amorós, Ricard, Marguis.

10/2/11

La venganza

Cine Nostalgia: Los segadores que tocaron el Oscar.

La venganza es la película española que ostenta el honor de ser la primera que nos representó en los premios Oscar. Corría el año 1957, en pleno franquismo, cuando nuestro país era ninguneado por la comunidad internacional debido a la dictadura. La industria cinematográfica española se dedicaba a un cine de consumo interior obsesionado en realzar los valores de las esencias patrias y a fomentar un costumbrismo interno, con comedias amables o historias cargadas de moralina con mensajes aleccionadores.


La nominación de La venganza fue una sorpresa y una inyección de moral para levantar el ánimo acomplejado de los españoles y un empuje para la raquítica cinematografía del país que intentaba desmarcarse del cine oficialista del tipo Las chicas de la Cruz Roja, El día de los enamorados y tantas comedias que pintaban una España feliz y sin otros problemas que fueran más allá de la dificultad de encontrar novio o novia en un guateque con los gorgoritos de los cantantes de moda como referente ilustrativo de los “problemas” de los personajes.

De ese otro cine a contracorriente que fomentaban directores como Berlanga, Nieves Conde, o el propio Juan Antonio Bardem, nació La venganza. Juan Antonio Bardem era un director respetado y muy admirado en el mundo entero tras haber realizado Muerte de un ciclista y Calle Mayor, dos de las obras más importantes del cine español de todos los tiempos, películas que hablaban de una España muy distinta de la que se esforzaba por enseñar el cine oficialista.

El Gobierno de Franco lo vigilaba de cerca ya que Bardem era un intelectual muy crítico con el régimen y su cine estaba impregnado de su declarada ideología comunista. Bardem era tolerado, pero hasta cierto punto. Más que nada porque al Régimen le interesaba no aparecer a los ojos del mundo como un gobierno excesivamente represor.


La venganza tuvo muchos problemas antes de llegar a buen puerto. Para empezar, la censura masacró el guión previo, eliminando cualquier connotación política o social del mismo, y dejándolo en un simple problema de enfrentamientos y peleas de clanes, cuando lo que se contaba en realidad era el sempiterno enfrentamiento de “las dos españas”, que diría Machado, representado en los amores trágicos de un hombre y una mujer pertenecientes a bandos enemistados.

El recurrente tema de Romeo y Julieta trasladado a las llanuras manchegas, en el ámbito rural, durante la campaña veraniega de recolección del trigo. Para hacernos una idea de lo quisquillosos que se mostraban desde la Administración franquista, decir que una vez que aprobaron el montaje final (tras importantes cortes de la censura) la distribuidora fue obligada a cambiarle el título a la película.

El título original era Los segadores. Pues bien: eso, a los censores, les parecía intolerable ya que, según razonamiento de los veladores de las esencias patrias, se hacía a alusión al "separatista" himno catalán. El título del himno es, por si hay alguien que no se acuerde, Els Segadors.

En España, además de la nominación al Oscar, la película tuvo otro aliciente bastante especial que consiguió atraer poderosamente la atención del público. La famosísima folklórica andaluza Carmen Sevilla se estrenada con un personaje dramático, alejado de las castañuelas y los faralaes que con tanto garbo lucía. Y componía, estupendamente por cierto, su primer papel dramático prescindiendo de peinetas y caracolillos en la frente.


En el reparto, nada menos que actores de la talla de Raff Vallone (Italia tenía una discreta coproducción), Jorge Mistral, Francisco Rabal, Fernando Rey, Conchita Bautista (otra folklórica que renegaba puntualmente de las batas de cola), Manuel Alexandre…

El Oscar de aquel año fue a parar a Francia. Lo ganó Jacques Tati con Mi tío, pero La venganza abrió la brecha a futuras películas de nuestra nacionalidad. Hay que tener en cuenta que eran años en que los países no enviaban a Hollywood la película que ellos quisieran, sino que eran los propios miembros de la Academia los que elegían directamente la película de cada país, tras visionar lo que creían más relevante.

Hoy La venganza es una película semi olvidada que merecería ser rescatada. Sugiero que la familia Bardem, tan influyente en estos momentos en nuestra industria, promuevan un revival de las películas de su miembro más ilustre (con permiso de Javier) y propicien que las nuevas generaciones puedan conocer al dedillo toda la obra de Juan antonio.


La venganza no es su mejor película, pero consiguió que el cine español pisara por primera vez la famosa alfombra roja. Javier Bardem seguro que no lo olvida siempre que pasea por ella. Y como no tenemos imágenes de la película en el YouTube , pongo un vídeo relacionado con la información dada por el NO-DO de una entrega de premios de aquellos años en los que se hace alusión a Bardem. Tambien pongo unos comentarios sobre él de su hermana Pilar.

Parar el MixPod para ver los vídeos


7/2/11

127 horas

Sobreviviré

127 horas, que se perfila como una de las más claras favoritas a los premios Oscar con seis nominaciones, es una película ciertamente fascinante que con muy pocos elementos de guión consigue interesar enormemente. La clave está en una puesta en escena de compleja resolución, que aglutina casi a velocidad de vértigo esas 127 horas en la vida del protagonista. En teoría, por la peculiar situación con que el personaje las vive, podían resultar letales no sólo para él (chiste fácil) sino también para el espectador obligado a compartir una única situación durante casi todo su metraje y que, por muy dramática e insólita que sea esa situación, podría ser contada en lo que dura un corto. De hecho una de sus virtudes es su metraje, 81 minutos, algo infrecuente en el cine que se hace ahora.

El auténtico Aaron Ralston

Pero el milagro se produce, y para nada resulta excesivo el tiempo que pasamos con el protagonista, atrapado, por mor de un accidente fortuito, en la profundidad de una grieta, en un inhóspito y desolado paisaje del desierto de Canyonlands, un parque nacional del Estado americano de Utah.

Basada en hechos reales (recuerdo muy bien haberlo leído en la prensa de hace muy pocos años), 127 horas cuenta la odisea de un excursionista que se lanza a la aventura de pasar un fin de semana descargando adrenalina en las montañas, recorriendo todo tipo de parajes hermosamente inhóspitos a bordo de su mountan bike. El empuje de la juventud y su energía vital lo llevan a acometer acciones y aventuras de alto riesgo, sólo y sin haberse llevado ni tan siquiera un móvil como nexo de unión con la civilización, cuando los problemas surgen tendrá que poner a prueba su capacidad de supervivencia.


La osadía de su aventura tendrá para el protagonista consecuencias terribles, pero esa misma juventud, empuje y ganas de vivir que lo han llevado a tan irreflexivo comportamiento, acabaran por revertir la situación que se le crea y dar la vuelta a un destino fatal que ya estaba escrito desde el momento en que queda atrapado en la profundidad de una grieta. Su odisea es todo un ejemplo de hasta qué punto el ser humano es capaz de sobrevivir en la peores circunstancias y su capacidad para sobreponerse a las circunstancias más adversas.


Hago un inciso, pues me gustaría citar otra película que narra también otra historia real, que es prima hermana de la que cuenta 127 horas, y que puede percibirse junto con ésta, justamente como la otra cara de una misma moneda. En ambos casos la tenacidad y las ganas de sobrevivir de los protagonistas saldan felizmente una aventura de gravísimas consecuencias, en plena naturaleza, que los aboca a una aparentemente irreversible tragedia. Pero cuando el ser humano elije vivir las circunstancias más adversas se pueden superar.


En el año 2003 Kevin MacDonals realizó una extraordinaria película, Tocando el vacío (que no tuvo la repercusión que se hubiera merecido), que narraba un a aventura similar. Esta vez ocurría en las montañas heladas de los Andes peruanos donde otro joven sobrevivió al caerse justamente por una enorme grieta y destrozarse una pierna. Milagrosamente fue capaz de recorrer kilómetros arrastrándose por la nieve, escalando y bajando riscos, hasta lograr dar de nuevo con su campamento.

Es lo que le acontece a Aaron Ralston, el joven de 26 años protagonista de 127 horas, en un paisaje absolutamente opuesto y atrapado por su brazo derecho entre la pared de una enorme grieta y un pedrusco. Tras varios días sobreviviendo con lo poco que tenia a su alcance, de las pertenencias que llevaba encima, y a merced de los elementos (a los que, paradójicamente, sabe aprovechar como aliados decisivos), tuvo que tomar la tremenda decisión de amputarse el brazo si es que quería tener alguna oportunidad de escapar de una muerte segura. Milagrosamente consiguió salir con vida.


127 horas es una película de Danny Boyle. Esta perogrullada viene a cuento. Me refiero a que el estilo narrativo y su manera de filmar, remiten a su cine anterior y en 127 horas, una película tan alejada argumentalmente de, por ejemplo, Slumdog Millonaire, localizamos sin problemas los recursos estilísticos y formales ya utilizados en ella: energía y dinamismo narrativo, énfasis descriptivo,un uso expresivo (en exceso preciosista) de la fotografía y de la música, colores estridentes, montaje a base de tomas y encuadres contrapuestos, cámara nerviosa a la altura de la mirada del espectador o, como contrapunto, panorámicas aéreas que subrayan la pequeñez e insignificancia (la vulnerabilidad) del personaje ante la Naturaleza, En definitiva, un estilo ciertamente ampuloso y llamativo que no entorpece para nada la descripción del personaje y de su aventura física y emocional. Antes al contrario la enriquece y le aporta una expresividad acorde con la personalidad arrojada del protagonista.


Es determinante para los notables resultados de 127 horas la interpretación de James Franco ya que él es el eje y motor de esta historia de superación, en la que el triunfo de la vida, de la capacidad humana para sobreponerse ante las circunstancias más adversas, es la última moraleja de esta interesante y amena película que confirma a Danny Boyle como uno de los cineastas modernos con más personalidad después de haber tenido algún que otro traspiés como las fallidas y falsamente trascendentes La playa o Sunshine. Nominada a seis oscars (entre ellos a la mejor película y al mejor actor), 127 horas tiene los suficientes méritos como para conseguir alguno de ellos.

Calificación: ***