Rashomon (1950) es, como casi todas las película de Akira Kurosawa, una tragedia de tonos épicos filmada con una intensa carga visual y expresiva. Estos elementos, que fueron potenciados por el director japonés a partir de Ran con el estridente y agresivo uso del color, que aquí está ausente, tienen en Rashomon una fuerte carga expresionista que el blanco y negro subraya de forma contundente.
Lo que Rashomon nos cuenta a modo de parábola es el difícil y traumático tránsito de la sociedad feudal japonesa del siglo XII, a los nuevos tiempos en los que algunos de los valores que la conforman (en este caso el honor, tan caro a la cultura nipona) cambian de signo y de significado. Los diferentes estamentos sociales de la época se resisten a reconocer esos cambios y se aferran a los valores tradicionales idealizando, o tergiversando la verdad a conveniencia de sus propios intereses “morales”.

Todos conocen esos hechos, pero cada uno ha oído una versión diferente de los mismos. Esa versión está condicionada por las características del personaje que la cuenta, , pero sobre todo, por las diferentes extracciones sociales a las que pertenece cada uno, en las que el concepto del honor se refleja con distintos matices. Las cuatro narraciones de los reunidos cobran vida en la pantalla y el espectador asiste a cuatro versiones distintas de un mismo suceso.
Ante un invisible jurado, que se sitúa en el ojo de la cámara (el espectador es el jurado), los tres personajes implicados en la tragedia que ha suscitado el debate, mas un testigo accidental que según cuenta, lo vio todo (casualmente presente en la reunión de los que se resguardan de la tormenta), rinden cuentas ante la Justicia e intenta defenderse aportando cada uno su versión de lo que ocurrió. Uno de los personajes, el que ha perdido la vida, lo hace manifestándose a través de una médium.
Todos difieren de lo ocurrido y se contradicen. Según vamos viendo lo que cada uno cuenta, vamos sacando conclusiones. Sin duda, todos mienten en un intento de salvar antes el honor que la propia vida. Ante este paisaje “moral” pensamos que nunca se sabrá la verdad de lo que pudo pasar. Cuatro versiones en las que lo único que cuenta es salvar la honra de cada uno.
Cuatro verdades que nos parecen cuatro mentiras. Pero hay una quinta posibilidad de acercarse a esa verdad que ninguno parece dispuesto a que se sepa: la verdad que nosotros mismos concluyamos, como consecuencia de lo que cada uno ha contado y se nos ha mostrado en imágenes…
La experiencia de ver una película de la intensidad trágica y emotiva de Rashomon es algo inolvidable en esta película que, casi sesenta años después de su filmación, sigue resultando innovadora. Sus resoluciones estéticas y sus hallazgos narrativos siguen absolutamente vigentes.
En 1964 Martin Ritt rodó un remake trasladando el Japón del siglo XII al Oeste americano. Rashomon se convirtió en una especie de western fantasmal con tintes shakespeareanos en una extrañísima película que se tituló Cuatro confesiones, con Paul Newuman de protagonista
Rashomon obtuvo el Oscar a la mejor película extranjera.




















