6/11/09

Diana Dors

Oxigenado fatal

De entre los actores de cine que no merecen el olvido cito aquí a una actriz anglosajona que, me consta, sigue siendo muy recordada entre los cinéfilos más veteranos. A Diana Dors la descubrí en una reposición de EL niño y el unicornio, una fábula bellísima, donde la Dors lucía esplendorosamente su espectacular físico, un cruce entre la Marylin Monroe que arrasaba por entonces y la también en la cresta, Jayne Mansfield.

A Diana Dors se la llegó a llamar la Marylin británica, pero tuvo una muy corta etapa de sex-symbol pese a que empezó muy jovencita. Cuando cambió radicalmente de look ( en un principio era morena, vestía de forma aniñada y alimentaba un aspecto delicado y dulce), se tiñó el pelo de rubio platino, se ciñó ropajes y corsés y adoptó una actitud sensual, alcanzó fulminantemente el estrellato. Eran los tiempos de las rubias impuestas por la Monroe y en el ranquing Diana Dors fue la tercera del trío de oxigenadas liderado por Marylin. La segunda, ya lo hemos dicho, fue Jayne Mansfield.

Pero su reinado como rubia despampanante no fue muy largo pues, en muy pocos años, pasó de rubia explosiva a casi explotar de tantos kilos sobrantes acumulados. Parece ser que tenía problemas de salud que la impedían mantener el peso, lo que no la hizo encerrarse en su apartamento ni deprimirse. Muy al contrario, cuando era evidente que no recuperaría ya su atractiva figura, aceptó sin problemas ser secundaria y aparecer en las siguientes películas con el imponente físico que, kilito a kilito, había conseguido.

Fue entonces cuando se hizo habitual de las películas de terror de serie B, en "giallos" italianos principalmente, donde su generosa anatomía era blanco propicio -y difícil de rechazar- para un enjambre de psicópatas que, cuchillo en mano, la perseguían babeantes, ansiosos de alcanzar su generosa anatomía para ponerse ciegos hundiéndolos en su "cuerpazo".
Eso sí, el público la respetó siempre. También en sus nuevo status de segundona, y no olvidó que, muy pocos años atrás, había encendido la libido de los caballeros y había provocado los sanos celos y la envidia de las damas. Y esto, en el cine, era muy valorado, pues ellos y ellas quedaban satisfechos en sus más inocentes mezquindades.A principio de los años ochenta Diana Dors sufrió un cáncer que al poco tiempo acabó con su vida.

Los problemas de salud hacía ya tiempo que habían acabado con su explosiva anatomía y quedaba ya muy lejana aquella década, la de los 50, donde reinó como una estrella comparable nada menos que a la mismísima Marylin Monroe.

Marylin Monroe, Jayne Mansfield y Diana Dors conformaron en los 50 el triunvirato de las rubias platinos fatales. Y las tres acabaron con un fatal destino. No estaría de más que algún guionista imaginativo las reuniera como personajes de leyenda en una película que podría titularse “La maldición de las rubias platino”, “Oxigenado fatal” o “Demasiado rubias para vivir mucho”. Pese a que mis comentarios pudieran parecer sardónicos, no son malintencionados. Y en el caso concreto Diana Dors, será siempre, coincidiendo con el status otorgado por elección popular, mi
tercera rubia predilecta. De la segunda, Jayne Mansfield, hablaremos muy pronto.

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