Daniel Liotti (?) es Valdemar.


Daniel Liotti (?) es Valdemar.


Vera Farmiga a Clooney: "¿Estás seguro de que nosotros somos nosotros?"
Anna Kendrick: "Este tío no es lo que parece... Bueno, yo tampoco"
Clooney, como los demás personajes: el esfuerzo por conseguir una modificación de la realidad, manipulándola.
Vera Farmiga: apariencia y realidad puede que no se correspondan.
Reitman, a la izquierda, con sus actores principales.
Ryan O’Neal fue en la década de los 70 uno de los galanes más deseados por las jovencitas (y no tan jovencitas) que lo descubrieron justo en el año en que empezaba dicha década en la película de Arthur Hiller, Love Story. Su personaje, Oliver, lo lanzaría fulgurantemente al estrellato. La película fue un romanticoide folletín que hizo correr ríos de almíbar y de lágrimas entre un público femenino que en aquellos años devoraba las por entonces muy populares fotonovelas. Las fotonovelas eran una suerte de novelitas rosa de consumo en formato revista, en las que los textos, levísimos, eran simples apoyos que enfatizaban historias de amor contadas utilizando fotografías, ordenadas al estilo de las viñetas de los cómics: en realidad eran tebeos cuyas cuadrículas sustituían los dibujos por fotos. En Love Story nacía también otra estrella cuyo recorrido fue algo menos extenso que el de Ryan, pero que mientras lo fue, no tuvo nada que envidiarle: su compañera de reparto -y de lágrimas- fue una tal Ali McGraw, hoy olvidadísima. Love Story tuvo poco después su secuela, que se llamó Historia de Oliver, pero que no alcanzó ni por asomo el éxito de la primera.
En la época de Peyton Place, cuando aun había rodado para el cine.
Ay!, los estragos del tiempo...
La pareja que más hizo llorar en los setenta. Con Ali MacGraw en Love Story.
Barry Lyndon alumbrado por Kubrick: utilizó como única iluminación de interiores la luz de las velas del decorado.
Con Tatum en un descanso de rodaje (Luna de papel)
Con Farrah, al principio de su relación.
La pareja estuvo muy unida y durante la enfermedad de Farrah el siempre estuvo a su lado.
Se casó con la ex ángel de Charlie Farrah Fawcett Majors, fallecida hace muy pocos años. En su vida privada hubo tiempo para todo tipo de escándalos siendo el más sonado el que protagonizó al disparar con una pistola al hijo de ambos (al que no llegó a herir) en una reyerta familiar que nunca se aclaró del todo. En la actualidad, y tras superar una grave enfermedad de la sangre, ha iniciado una nueva andadura televisiva en la serie Bones donde interpreta al padre de Breenan, uno de los protagonistas y se anuncia su participación en varios capítulos de 90210.
Hierro es una interesante ópera prima que se adscribe al género suspense con ligeros toques de terror tan del gusto del público español. Está producida por quienes gestaron nada menos que El orfanato y creo que eso se nota. Una joven madre pierde a su hijo, que desaparece misteriosamente cuando viajan en un ferry que los lleva de vacaciones a la isla de El Hierro. El dramático suceso la trastorna, como es natural, y tras varios meses de angustiosa espera sin saber qué pudo pasar y qué puede haber sido de su hijo, es requerida por la policía para que vuelva a la isla e identifique el cadáver de un niño que ha aparecido ahogado y que por sus características pudiera ser su pequeño. La pesadilla solo acaba de empezar.
Hierro es una película modesta que huye de los aspavientos pero que se cuida de recrear con elegante minuciosidad el clima de ensoñación y pesadilla que está viviendo el personaje, aderezando la intriga con detalles sutiles. El punto de vista fantasmagórico que la mujer tiene de la realidad que vive hace que como espectadores llegamos poner en duda su equilibrio mental. De la Riva realiza un trabajo exhaustivo en el que va creando un imperceptible suspense que nos hace pensar que en la casi desértica y aparentemente tranquila isla se guardan más secretos de los que aparenta su bucólica placidez. La utilización que se hace de los paisajes agrestes de El Hierro, casi extraplanetarios, son magníficos, como magnífica es la fotografía y la banda sonora.

Sólo por estos logros técnicos ver Hierro ya merece la pena, película en la que el director, que debuta aquí, desarrolla un auténtico ejercicio de estilo. Esa exquisitez estilística se amplía a la interpretación de una estupenda Elena Anaya, lo que le ha valido el premio del festival de Sitges. En la película pueden reconocerse rasgos temáticos y estilísticos de la ya mencionada El orfanato, principalmente en el trabajo de la protagonista, cuya comparación con el de Belén Rueda es inevitable. Hay también argumentalmente ciertas coincidencias temáticas con una película que vi hace ya algunos años interpretada por Jodie Foster, Plan de vuelo: desaparecida, cuyo director no recuerdo ni me voy a molestar en buscar. Pero quien haya visto El rapto de Bunny Lake, la obra maestra de Otto Preminger, verá que el personaje de Anaya es bastante más que deudor del que interpretaba allí un extraordinaria Carol Lindley, la mamá de la hasta hace muy pocos años en el candelero, Laura Lindley. Por cierto ¿qué ha sido de esta chica?.
Hierro se deja ver con bastante interés pese a que se pueda argumentar que se trata de una única situación que se estira y estira. Pero ya hemos dicho que Hierro es principalmente un ejercicio de estilo, en el que lo que cuenta es la descripción de la psicología del personaje principal. Es revelador al respecto el sugestivo prólogo en el acuario donde trabaja la protagonista, donde ya se nos dan las claves para lo que vamos a ver a continuación. La película está fotografiada desde el punto de vista del personaje y lo que vemos como espectadores lo asimilamos como la distorsionada visión de una mente alterada. Algo parecido a lo que Polanski hacía con algunos personajes femeninos de algunas de sus películas, como el de Catherine Deneuve en Repulsión, el de Mia Farrow en La semilla del diablo o el de Shelley Winters de El quimérico inquilino.
La extraordinaria y peculiar orografía de la isla se aprovecha muy eficazmente para lograr esos efectos de irrealidad y de pesadilla. El Hierro se integra en la narración casi como un personaje más: no es gratuito que la película lleve su nombre por título. El final es quizás menos sorpresivo de lo que se pretende, pero desde luego es coherente con la honestidad y el rigor con que se ha realizado la película, en la que se huye de efectismos gratuitos y de sustos que no vengan a cuento. Virtudes que se redondea gracias a la cortedad de su metraje: menos de hora y media. Un tiempo más que suficiente para contar la historia sin que el público acabe saturado de obviedades y escenas de relleno. Lo que la beneficia bastante y se lo agradecemos como espectadores.