Proponer El baile de la Victoria para representar a España en los próximos óscar a mi juicio, más que a las cualidades de las película - que las tiene, pero no creo que sean las suficientes como para conseguir semejante premio-, debe de obedecer a una estrategia de la Academia española para intentar que nuestro cine tenga más posibilidades en el reparto de nominaciones, descartando la mucho más llamativa propuesta de Los abrazos rotos. Es evidente que Trueba tiene un gran prestigio como cineasta, óscar incluido, y una película firmada por él va a ser considerada muy favorablemente por los académicos. Pero Almodóvar lo tiene más, y el año que hay película suya disponible la propuesta debería ser más que obvia. Almodóvar siempre es muy valorado en la Academia de cine americana y su popularidad mundial es un gran incentivo para no dejarlo de lado cuando nos brinda una oportunidad. Hay que desearle a El baile de la Victoria, mucha suerte, que la necesita, para que sea seleccionada.
En definitiva: quiero decir que puede que se haya descartado a Los abrazos rotos (que ni siquiera ha sido preseleccionada como finalista), creyendo que por sí sola tiene posibilidades de que los americanos le otorguen alguna nominación como ya hicieron con otras películas suyas años atrás. Así, pudiera ser factible que Almodóvar y Trueba llegaran a ser nombrados en la próxima entrega de los óscar con alguna candidatura para cada uno. La estrategia de poner en primer plano a Trueba en la pre selección ha perjudicado también a Isabel Coixet, cuya Mapa de los sonidos de Tokio me parece una muy sugestiva película que hubiera tenido más posibilidades que El baile de la Victoria en esta competición. Al menos yo lo creo así.
Antonio Skármeta, autor de la novela y que tambien colabora en el guión, tiene un papel en la película: es el crítico de danza que es obligado por la fuerza a ver el baile de Victoria. La narración El baile de la Victoria transita entre dos registros que no acaban de fundirse y eso deja una evidente sensación de indefinición en el tono global en la película. Está claro que El baile de la Victoria es una película con algunos tramos mal resueltos, por muy relativos que acaben siéndolo, que se neutralizan gracias a los poderosísimos momentos plenos de emotividad y de lirismo que la película consigue fraguar. Hay una historia que puede encuadrarse en el thriller (el planeamiento, puesta a punto y ejecución de un gran robo y de una venganza personal) y otra historia de amor de resonancias épicas, impregnada de un dramático y conmovedor fatalismo. Ambas historias tienen como fondo otra historia en las que se deben integrar las dos: la de la difícil transición del pueblo chileno tras la caída de la dictadura pinochetista, en un país que no se ha sacudido del todo los aires dictatoriales de quienes mandaron en vida del dictador y que todavía siguen ostentando poder. En este sentido es revelador el comportamiento del jurado calificador que debe dilucidar si el personaje de Victoria está capacitado para entrar en la escuela de danza clásica de Santiago de Chile. Thriller, historia de amor y denuncia sociopolítica son registros que no consiguen la necesaria cohesión entre ellos y el conjunto aparece muy disperso. La narración se hace en demasiados momentos inconsistente y muy poco creíble.
Y la dispersión narrativa y temática contagia tambien de escasa credibilidad a todo lo concerniente a los personajes Ángel (Abel Ayala) y Vergara (Ricardo Darín) y a la veracidad de ese proyecto y ejecución de un gran robo con el que pretenden cambiar sus vidas ambos personajes ajustando de paso cuentas pendientes con el pasado. La inconsistente presentación de esta historia es el handicap que más lastra los resultados de El baile de la Victoria y está a punto de hacerla naufragar sin remedio. Un ejemplo al respecto de esa artificiosidad es cómo se resuelve en la película la forma en que Ángel y Vergara consiguen que el jurado vea por fin las pruebas de baile de las que en principio había sido rechazada Victoria. Por suerte, cuando se abordan las relaciones de los dos jóvenes protagonistas, Ángel y Victoria (Abel Ayala y Miranda Bodenhofer) la película se supera y salva el obstáculo de la falta de credibilidad a base de intensidad y pasión a la hora de definir las relaciones de ambos.
Lo mejor de El baile de la Victoria está en esa historia de amor de los dos jóvenes y la forma en que se nos cuenta, impregnada de un fuerte lirismo, muy adecuadamente adscrita a lo que podríamos llamar realismo mágico. Los bailes de Victoria y toda la dramática historia que el personaje arrastra llegan a emocionarnos. El personaje de la chica está encarnado además con una gran convicción por la debutante Miranda Bodenhofer, que consigue con su actuación momentos realmente mágicos. Y el emotivo final de la película, pleno de vehemencia de sensibilidad, de poesía, de magia y de ensoñación, es de los que no se olvidan al salir del cine. Me parece notable el recurso de utilizar el cóndor como metáfora y los presentimientos que vemos que a Victoria le produce la fatídica presencia de ese ángel de la muerte. Como es un acierto también dejar abiertas las expectativas del personaje de Victoria con otra metáfora más, la del caballo/libertad que se va acercando en la lejanía aflorándole todas las incertidumbres de su traumático presente, pero también todas las posibilidades de un futuro, aunque marcado, dispuesto para ser vivido.
Quiero llamar la atención sobre la banda sonora, realmente emocionante, que en la parte que ilustra al personaje de Victoria, no es otra que la que en 1.983 escribiera Ryuichi Sakamoto para la obra maestra de Bernardo Bertolucci El cielo protector recompuesta aquí con gran acierto en clave sinfónica. He tenido que recordarla de memoria pues, por mucho que he buscado en los títulos de crédito y en informaciones en internet sobre el equipo técnico de la película, no he conseguido leerlo por ninguna parte y creo que es de justicia que se sepa.
Respiro aliviado al comprobar por lo que le leo a mi amiga Pabela de La Cinerata que al menos no estoy solo en considerar Moon como un plomazo de película. Lo que sigue es exclusivamente opinión mía. Moon se aprovecha de forma muy ramplona y pobre de los hallazgos de grandes obras del género (2001, Solaris, Capricornio uno…), luego convertidos en clichés por culpa de tantas y tantas imitaciones. Si bien quizás no debiera opinar sobre esta película pues con Moon se volvió a cumplir una máxima que últimamente me domina: cuando a la mitad de una proyección ésta no me consigue interesar lo más mínimo, abandono la sala y es lo que hice con la increíblemente supervalorada (es mi media opinión) Moon.
Creo que aguanté más o menos una hora en la que un solitario astronauta, a la luna de Valencia, no hace nada de nada (y sugiere menos) mientras un cutre robot lo atiende y le ayuda en complicadas acciones "vacías de sentido y contenido en las que él solito podría valerse" con una convicción en cuanto a las capacidades del robot para poder hacerlo, patéticas. Que la gente vea aquí alguna relación por las ideas que le fusila a la magistral 2001 sin decir después que sí, que es verdad, que lo recuerda, pero que de inspirado homenaje a la obra de Kubrick, nada de nada. El solitario astronauta, que va a acabar más neurótico que un conejillo de indias en la jaula de un laboratorio – aunque de eso se trata-, habla con su familia a la que ve a través de una pantalla (que interesante, de nuevo Kubrick) habla también con el robot/mayordomo que, en vista de su capacidad de movimientos, uno alucina de que tenga autonomía para entrar por arte del birlibirloque al atolondrado astroauta desde fuera de la nave.¿Cómo fue a parar allí?.
Y ya cuando aparece el doble de esta especie de vigilante en la luna (de Valencia), ya es el colmo de la pretenciosidad. El personaje no se reconoce a sí mismo: ¿quién es este tío? Lo que ocurriera después no lo sé. No estoy seguro si le han metido en la nave a un robot a su imagen y semejanza o la neurosis acumulada a base de soledad (pero si tiene a su amigo robot con el que platicar, mucho más completito de movimientos que el Hal 9000 de 2001 y mucho menos perverso…) le obliga, para no acabar más loco, a reinventarse así mismo y a materializarse fuera de su mente. Yo qué sé: ya me fui. A lo mejor la película se remonta y se salva, pero para mí esa primera mitad es suficiente como para no considerarla, para nada, como la gran sorpresa de la ciencia ficción de los últimos años. Ni siquiera de éste. Y quizás por ese entusiasmo generalizado que compruebo que ha levantado, yo me rebelo y despliego más hostilidad hacia Moon de la que le dedicaría de no haber sido tan súper valorada.
Los efectos especiales, los decorados, las maquetas, por el hecho de ser cutres, no tienen la culpa del desinterés que me producía su (media) visión. Toda esa parafernalia es accesoria en una película. Lo importante es que una historia te atrape y te la creas "a ella" y no al atrezo. Por lo tanto, nada en contra de la pobreza de medios de Moon. Doy mi opinión consciente de que no puede ser considerada como válida (aparte de la subjetividad a que tenemos derecho cada uno) y por ello quizás no debiera haber escrito esto ya que, repito, solo he visto media película. Mis respetos, por supuesto, a todas las demás opiniones, objetivamente más documentadas que las mías (y por lo tanto, más valiosas) puesto que la han visto enterita... Yo, no.

Ojeando por las estanterías de casa cae a mis manos una película llamada Flash back/El apartamento (lleva los dos títulos) del año 97, dirigida por un tal Gilles Mimouni, del que no conozco nada más. Leo en la cubierta del Dvd que cinco años más tarde Hollywood hizo un remake, lo que me pica la curiosidad, deduciendo que algo interesante debe de tener y me decido a darle un vistazo. Mira por dónde, la película me engancha de inmediato y ya no la suelto hasta verla enterita. Que esto me pase cuando veo el cine en la pantalla de un televisor dice mucho a favor, ya que no soporto ver una película rodeado de luz y de ruidos caseros. Mi terreno natural es una sala de cine y aun en ella hay alguna película que de tarde en tarde no me retiene hasta el final.
Flash back/El apartamento cuenta una arrebatada y enrevesada historia de amores entrecruzados y lo hace recurriendo a la técnica del título, o sea, al flash back, con constantes saltos en la narración atrás y hacia adelante. Si ya de por sí la historia es alambicada y llena de recovecos y de sorpresas, el que se cuente con tantos cambios de tiempo complicaba más las posibilidades de que se hiciera claramente entendible. Pero no pasa con Flas back/El apartamento, pues tiene un guión endiabladamente preciso y los flash backs están utilizados como un recurso necesario para mantener en vilo el interés del espectador e ir dosificándole las claves y los giros de una historia que no para de darnos sorpresas. Una vez terminada la película, se pueden poner algunas pegas, mínimas, a ciertas escenas que pudieran estar concebidas con trampa, con la intención de que el espectador no se adelante a los acontecimientos, pero acostumbrados como estamos a que con estos trucos se nos toree de la forma más ramplona en casi todas las películas americanas de intriga, considero que Flash back/El apartamento respeta mi inteligencia y le perdono esas insignificantes debilidades. Y hasta tiene algún que otro defecto de puesta en escena que se podía haber cuidado un poquito más, pero todo se pasa por alto ya que se consiguen dos horas de acción trepidante y de constante intriga.
Lo que más me gusta de Flash back/El apartamento es que me recuerda poderosamente todo el cine de Hitchcock y me evoca títulos que van de Con la muerte en los talones a Pánico en la escena, de Vertigo a La ventana indiscreta o a, principalmente, La trama, con la que comparte ese juego de paradojas del azar en el que los personajes se buscan desesperadamente y se entrecruzan en la acción casi tocándose, alejándose y acercándose sin advertirse. Hay un personaje casi tan psicótico como el Norman Bates de Psicosis, una comparación que no debe tomarse como una pista, pues no van por ahí los tiros. La intriga es constante y no hay respiro apenas en la acción. Y acaba además con un guiño perverso, aunque me parece que, o no es pretendido, o no se ha sabido subrayar. Digamos que el malo de la película, por mucho que no sea muy consciente del daño hecho, se va de rositas, según parece…